DE LA HABANA A RÍO DE JANEIRO (14)


Una de las medallas de oro más esperada por el atletismo cubano en juegos Olímpicos (JO) constituía la del saltador de longitud Iván Lázaro Pedroso Soler pues hubo que esperar ocho años para que se concretará la coronación de unos de los grandes deportistas de la Mayor de las Antillas.

One of the medals most awaited gold for the Cuban Athletics Olympics (JO) was the the long jumper Ivan Lazaro Pedroso Soler then had to wait eight years for the coronation of one of the great athletes of the Mayor will be implemented The Antilles.

Iván Lázaro Pedroso Soler.

Iván, nació en 1972, el 17 de diciembre, día que en toda cuba se celebra el santoral de san Lázaro y que en sincretismo religioso yoruba está dedicado a Babalú Ayé, curador de enfermedades y hacedor de milagros para sus devotos.

Desde temprana edad Pedroso no mostraba grandes cualidades atléticas para sobresalir en el exigente movimiento deportivo universal debido al gran número de competidores que existen en el planeta con condiciones físicas y mayores recursos económicos.

Algunos entrenadores ajustados a los cánones de las características del somatotipo de la especialidad del salto largo, entiéndase hombres con más de 1,83 metros de estatura y superior a los 80 kilogramos de peso no veían en él al campeón en cierne, incluso un respetado y reconocido preparador Sigfredo Banderas, lo desecho de sus planes.

Pero, como dice el refrán “madera que nace para violín desde que está en el monte suena”, Milán Matos un ex saltador de más de ocho metros devenido en técnico creyó escuchar la melodía la cual salía de las piernas y de todo el cuerpo del inquieto joven.

Enfrentando adversidades, incomprensiones, en ocasiones lejanía, como cuando tuvo que irse para Santiago de Cuba con su entrenador para poder proseguir el trabajo iniciado en la capital del país, ambos profesor y alumno lograron unir fuerzas y voluntades para llegar a la gloria olímpica.

El debut bajo los cinco aros del llamado saltamontes cubano, ocurrió durante los Juegos de Barcelona ´92, allí la cuarta posición con marca de 8,14 le auguraba un futuro mucho más promisorio aún en Atlanta ´96.

Sin embargo, una seria lesión en una de sus rodillas durante un festival de saltos realizado en la ciudad de Camagüey a unos 600 kilómetros de La Habana, provocó una urgente operación a pocas semanas de la cita estival, a pesar del empeño de Matos, los conocimientos de los médicos que atendieron el caso y del propio Iván que fue todo esfuerzo, su presencia en la lid estadounidense no lo llevó a sobrepasar el 12mo. Puesto con apenas 7,75 m.

Vendría otro cuatrienio, donde continuó cosechando títulos mundiales, en toda su carrera sumo nueve, cinco en certámenes bajo techo y cuatro al aire libre, liderar el ranking del orbe, no obstante, estaba pendiente su consagración olímpica, la oportunidad llegaría en Sydney, Australia.

El 25 de septiembre de 2000, el saltador antillano lidera el grupo clasificatorio con un respetable 8,32 m., tres días después se celebró la gran final, en el horizonte de competidores no aparecían sombras que se interpusiera en el camino del sueño dorado del habanero, pero el local Jan Taurima un desconocido antes y después de aquel día se empeño en robar la miel de la victoria a Iván Pedroso, cuando un respetable 8,49 padeció enmudecer a la delegación caribeña y llenar de gritos de emoción al público presente.

Una situación semejante se había dado un año antes durante la cita mundial de Sevilla, cuando el español Yago Lamela pondría a prueba el temple de campeón del saltamontes, ahora llegaría el sexto y último intento, Pedroso llega al carril, una serenidad pasmosa, se prepara, comienza la carrera, aumenta su velocidad y lograr sincronizar perfectamente su pie con la tabla y vuela, vuela, vuela y desciende en los 8,55 m. Taurima no encuentra respuesta en su último intento y por fin el cubano se encuentra en un abrazo infinito con el título tanto tiempo esperado.

Así Iván Pedroso a los 27 años dos meses y 19 días de haber visto la luz en la otrora villa de San Cristóbal entraba al sagrado recinto de los héroes olímpicos y reafirmaba que de aquella madera surgió un afinado y sublime sonido de violín de victorias.

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