CRÓNICA PARA UNA MUERTE NO ANUNCIADA


Yo moriré prosaicamente, de cualquier cosa/
(¿el estómago, el hígado, la garganta, ¡el pulmón!?),/
y como buen cadáver descenderé a la fosa/
envuelto en un sudario santo de compasión.

(Canción del sainete póstumo-Rubén Martínez Villena)

Como ocurre muchas veces, quizás demasiadas, la noticia de la muerte de una persona a quien uno aprecia desde la distancia, nos llega demasiado tarde y nos impide en el momento justo rendirle el homenaje del cual se hizo acreedor por méritos propios.

As often happens, perhaps too many, the news of the death of a person you appreciate from a distance, comes too late and at the right time prevents pay the tribute which was awarded on merit.

Ese fue el caso reciente del fallecimiento de Juan Ramírez Pellerano, un nombre que hizo familiar en mi oído antes de conocerlo físicamente, y es que los que les fueron amigos, compañeros, alumnos solían mencionarlo constantemente allá en la Sala de Prensa de la Dirección de Cultura, situada entonces en el segundo piso del principeño Teatro Principal, la cual era dirigida por otro infatigable periodista Víctor Manuel Zamora Sorí.

Allí era reconocido Pellerano, porque ese su segundo apellido era el emblema de su persona, como lo que fue un verdadero hacedor de arte y literatura, fundador de espacios culturales en la radio,  el periódico y creador de talleres literarios como el que dirigió por más de 20 años que él llamó “Rubén Martínez Villena”, revolucionario y poeta cubano, al cual veneró más allá del tiempo.

Este Quijote del Camagüey, como muchos otros,  también combatió, con la adarga al brazo, contra molinos de viento, los embates dejaron huellas profundas en la sensibilidad humana del poeta, más nunca se rindió, y logró ser profeta en su tierra.

Cuenta de ello lo dan las obras publicadas “Canto a los héroes (1951), “Evocación a Martí (1957), “Investigaciones históricas del Teatro en la provincia de Camagüey (Antología; 1966), “Zafra y poesía” (1966), “Viet Nam: poesía combatiente” (1967), “Oficios” (1987). “Cartas a Amalia”, Ediciones Unión, La Habana, (1995), además de otros ensayos y críticas literarias en periódicos y revistas.

Algunas personas lo recuerdan de esta manera:

Ernesto R. del Valle: …Con su gastado portafolios bajo el brazo lo revuerdo entrando a la UNEAC. Con su gracejo de criollo nato. Su seriedad y su indomable pasión por la cultura general…”.

Alejandro González: “…A él mucho le debo. Lamentable pérdida para la Cultura y la literatura camagüeyana…”.

La periodista Yanetsy León escribió en el semanario Adelante: “Las distinciones “Raúl Gómez García”, “Espejo de Paciencia” y “Por la Cultura Nacional”, entre otros reconocimientos, intentaron retribuir la gran deuda del país a ese camagüeyano respetuoso, dispuesto y solidario; a ese incansable estudioso, de finísimo gusto musical, que dedicó su existencia a lo soberbio”.

Así fue este hombre singular a quien no pude despedir en el momento en su duelo, pero, desde aquí estos modestos tinajones llenos de agua frescas, lo recordaremos eternamente recorriendo las calles de la quiscentenaria “…comarca  de pastores y sombreros…”, cuerpo menudo, paso seguro, mirada viva.

Foto: Blog Camagüebax

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