DUETTOS FAMOSOS EN EL DEPORTE (I)


La Ley de la Unidad y Lucha de Contrarios, constituye uno de los aportes al materialismo dialéctico y resulta fuente del desarrollo de la realidad objetiva.

En el deporte la rivalidad no antagónica entre atletas y equipos ha sido un motor impulsor para las grandes hazañas humanas y de los triunfos más relavntes de la humanidad.

En este acercamiento inicial al tema traemos la trayectoria diametralmente opuesta de dos peloteros norteamericanos que brillaron con luces propias, pero el hecho de compartir el tiempo vivido permitió que ambos pusieran empeños superiores al rendimiento atlético.

“Babe” Ruth.

German “Babe” Ruth, también conocido como el “Bambino”,  nació en la ciudad de Baltimore el seis de febrero de 1895  en medio de una familia disfuncional, por lo que  pronto fue llevado y prácticamente abandonado por sus padres, en el orfanato-reformatoriol “St. Mary’s Industrial School for Boys” de misioneros católicos.

Allí dio sus primeros pasos en el béisbol guiado por un sacerdote, y pronto fue de interés del club de los Orioles de Baltimore, quien vio en el mozalbete condiciones excepcionales para la práctica de este deporte.

En 1916 juega con los Medias Rojas de Bostón, y  luego fue transferido a los Yankees de Nueva York con el cual haría historia  durante casi 15 años, imponiendo marcas colosales para la época.

Ruth hubiera sido quien era de cualquier forma, pero seguro fue mucho mejor porque tuvo como compañero a Lou Gehric, otro fenomenal jugador, quien tuvo una vida muy diferente a la de él.

Henry Louis “Lou” Gehrig llegó al mundo el 19 de junio de 1903 en Nueva York y falleció en esa propia ciudad  38 años después, su infancia completamente distinta a la de “Babe”.

Hijo único de padre inmigrantes alemanes, recibió la atención requerida de ellos y gracias al tesón de su progenitora llegó  a conseguir en 1921 una beca para estudiar Arquitectura y jugar fútbol americano en la Columbia University

Sin embargo, sería el béisbol el deporte que lo encumbraría  a planos estelares y su debut  en las Grandes Ligas se produciría al batear de emergente con los Yankees de Nueva York el 15 de junio de 1923.

Quedaba así planteada una rivalidad que en la relación personal tuvo matices que llegaron más allá del campo deportivo por lo que dejaron de hablarse por largo tiempo.

No obstante, cada vez que salían al terreno protagonizaban hechos impresionantes, pero el momento más memorable para ambos fue la campaña de 1927 donde llevaron a los libros marcas que resultan hitos en la historia del béisbol.

“Babe” Ruth, quien ocupaba el tercer turno al bate, jugó 151 de los 154 partidos de la temporada, en  540 turnos oficiales al bate disparó  192 hit, de ellos 29 dobles, ocho triples y los 60 jonrones que fueron el gran récord imbatido por décadas, además anotó 158 carreras y envió al plato a 164 compañeros con  promedió al bate de 356, números fabulosos en cualquier parte del planeta.

Por su parte Lou Gehrig, quien ocupaba el cuarto lugar en la alineación, y por ende lo hacia detrás de Ruth, veía muy limitada en ese sentido las posibilidades ofensivas, sin embargo, promedio average de 373, disparó 218 imparables, de ellos 52 resultaron dobles, otros 20 triples y  conectó 47 cuadrangulares, además de impulsar nada más y nada menos que a 174 corredores que encontró en base.

Esta unidad y lucha de contrario se mantuvo abierta hasta el año 1935, en que un “Babe” Ruth, notablemente envejecido, no por la edad, sino por los embates de una vida desordenadas hizo mutis con los Yankees, jugando esa última contienda con los Medias Rojas de Bostón.

Lou Gehrig.

En tanto Gehrig, quien ya por entonces era conocido como el “Hombre de Hierro” se mantendría en activo hasta 1939, luego de participar en 2 130 juegos consecutivos, marca que estuvo en pie por  56 años hasta que Carl Ripken Jr., lo rompiera.

El destino le jugó una mala pasada cuando una enfermedad degenerativa, hasta entonces no conocida científicamente,  fue socavando su fortaleza hasta fallecer el dos de junio de 1941, ya para entonces ambos hombres lastimados mutuamente por la fatalidad, habían dejado atrás las asperezas, en la histórica despedida a Gehrig en el Yankee Stadium, se fundieron en un emocionado abrazo que sellaba un pacto a la inmortalidad.

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