EL ALZAMIENTO DE AGRAMONTE.


Este 11 de noviembre se conmemora el 146 aniversario de la incorporación a los campos insurrectos de Ignacio Agramonte y Loynaz, aquel joven abogado, de alma sensible y corazón valiente, quien prestaría relevantes servicios a la joven Revolución nacida un mes antes de La Demajagua al llamado  de Carlos Manuel de Céspedes.

Sería la zona del ingenio Oriente, localidad de Sibanicú al este de la entonces Villa de Santa maría del Puerto del Príncipe, hoy Camagüey, donde el más grande sus hijos se alzaría en armas.

A través de los pocos más de cuatro años en que combatió  machete en mano al colonialismo español, hasta que una bala perdida y traicionera pusiera  fin a su existencia física n mayo de 1873, fueron varios los momentos en que  muestra de sus cualidades de líder revolucionario.

Sin poseer una formación militar, fue capaz de organizar, disciplinarla aquellas fuerzas bajo su mando y convertir la caballería  en una perfecta máquina de guerra,  la cual provocaba pavor a sus enemigos.

Agramonte dio muestras de su genio político-militar en múltiples de ocasiones, como cuando a pocos días de alzamiento, el 26 de noviembre en el Paradero de Las Minas, desempeño que resulta importante en la consecución de la guerra en el Camagüey, al desbaratar el complot traidor que ya comenzaba a gestarse al  proclamar con decisión;  “Acaben de una vez los cabildeos, las torpes dilaciones, las demandas que humillan, Cuba no tiene más camino que conquistar su redención arrancándosela a España por la fuerza de las armas”.

Al decir del  Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, “Ese fue el primer servicio extraordinario prestado por Ignacio Agramonte a la lucha por la independencia”.

También fue crucial para levantar el animo de los patriotas el rescate del brigadier Julio Sanguily,  cuando con fuerzas tres veces inferiores cargo al machete y cual relámpago en medio de la sabana sacó a cu compañero de las garras del ejercito español, esa  hazaña resultó  reconocida hasta por sus propios adversarios.

El Mayor, como le llamaba Henry Reeve, “El inglesito”, dejo un legado de patriotismo y honestidad, que se sintetiza en aquellas palabras con las cuales respondió a quienes le preguntaron en medio de grandes penurias con que continuaría la guerra y el respondió sereno, pero firme, ¡Con la vergüenza de los cubanos!

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