EL MANIFIESTO DEL DIEZ DE OCTUBRE


Hace 146 años Carlos Manuel de Céspedes convocó a todos los cubanos a poner fin a la colonización que por casi cuatro siglos España ejercía sobre la Isla.

Ante sus seguidores, cuando en el ingenio La Demajagua dio la libertad a los esclavos aquel 10 de octubre de 1868, Céspedes asumía el liderato de lo que devendría en una larga y cruenta contienda que aunque no culminaría en el  éxito perseguido, si dejaría una semilla fecunda en el alma de los patriotas que continuarían la lucha por casi un siglo.

El llamado Padre de la Patria haría público en esa ocasión un manifiesto poco conocido en el tiempo y que el se expresaban las causas y razones por las cuales los cubanos se lanzaban a la lucha, al plantear: “… España gobierna a Cuba con brazo de hierro ensangrentado…”.

El documento refleja como a los criollos no se les otorgaba el derecho a reunirse, a no ser en presencia de un oficial español, la falta de  libertad de expresión y de creencias.

Señalaba además, que no existían ambiciones personales y aclaraba también que la guerra no era contra España, sino contra la explotación colonial que esta llevaba a cabo en la Mayor de las Antillas.

En esta plataforma programática se llamaba  a todos los reunidos como hermanos, con lo cual daba un lugar a los negros dentro de la sociedad mediante la emancipación gradual y bajo indemnización de la esclavitud, aspecto este que sería superado en la constitución de Guáimaro, cuando allí los delegados  de la magna cita se pronunciaron por la abolición total de esa forma discriminatoria.

En  La Demajagua  se proclamó la decisión inquebrantable de los cubanos de morir antes que renunciar a ser independientes, fue el motor que impulsó los siguientes intentos por alcanzar la libertad y de pertenecer al concierto de naciones del mundo y de la Patria americana, al reflejar: “Cuba no puede pertenecer más a una potencia que, como Caín, mata a sus hermanos, y, como Saturno, devora a sus hijos. (…) aspira a ser una nación grande y civilizada, para tender un brazo amigo y un corazón fraternal a todos los demás pueblos, y si la misma España consiente en dejarla libre y tranquila, la estrechará en su seno como una hija amante de una buena madre; pero si persiste en su sistema de dominación y exterminio segará todos nuestros cuellos, y los cuellos de los que en pos de nosotros vengan, antes de conseguir hacer de Cuba para siempre un vil rebaño de esclavos”.

El Manifiesto del 10 de Octubre, como luego fue el de Montecristi, firmado por José Martí y Máximo Gómez, o “La Historia me absolverá”, el alegato de Fidel Castro Ruz en el juicio por los sucesos del Moncada, se hermanan como principio y continuidad de las tradiciones de lucha del pueblo cubano.

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