SALVEMOS EL VOLEIBOL


Al escribir estas líneas recordé con nitidez el contacto inicial con el voleibol, no precisamente en una cancha, sino en las cercanías de mi hogar allá por el año 1967 cuando un señor, que luego supe se llamaba Rogelio Carmenate, más conocido por “Tata”, me preguntó que edad tenía y si me gustaría entrar en la Escuela de Iniciación Deportiva Escolar, EIDE.

Le respondí que tenía 13 años, y que desde luego me gustaría entrar en la escuela deportiva, aunque mi interés entonces era más por el baloncesto y el béisbol, a lo que él me señaló que en el voly había menos contactos físico y por consiguiente menor posibilidad de lesiones y añadió que donde yo vivía, le señale e lugar y prometió volver al día siguiente.

A la mañana siguiente espere con ansiedad la llegada de aquel entrenador, quien vino acompañado por otros especialistas Ricardo Naranjo y Roberto Ponce, quienes enfrentaron la tarea de convencer a Doña Clotilde, mi madre, para que diera la aprobación para marchar a la beca. Realmente no lograron persuadirla en la idea, pero dejaron sembrado en mí mi simpatía por el deporte de la malla alta.

Quiso la vida que un año más tarde cuando llegue a la escuela deportiva agramontina en otro deporte mis condiscípulos fueran los alumnos del voleibol y en aquella camada de leones cubanos estaba alguien con quien me une una sincera amistad y admiración por sus éxitos deportivos Leonel Marshall Stewart, “el tinta”.

Desde aquella época he seguido los resultados brillantes de las mujeres y hombres del voleibol y esa cadena de triunfo que comenzó a llegar a principios de la década de los años ´70 del pasado siglo XX con una vitrina repleta de títulos y medallas olímpicas, mundiales, panamericanas y centroamericanas que causan envidia en cualquier latitud.

Esa historia labrada por el sudor, el sacrificio y la visión de quienes forjaron los triunfos, Eugenio George, Gilberto Herrera, Orlando Samuell, Antonio “Ñico” Perdomo, el propio “Tata”, Naranjo, Ricardo Fernández, “espagueti”, Enrique Lazarraleta y Cándida Jiménez se ve en la actualidad amenazada.

El deporte a escala global difiere mucho de aquella actividad que se popularizó en Cuba hace más de 40 años, hoy la comercialización ha cambiado los sistemas de competencias, reglamentos y muchos otros detalles con el respaldo mediático con sus llamados a las ganancias, exige más maestría y rendimiento sobre el mundoflex lo cual solo se consigue con alto volúmenes de enfrentamientos de alto nivel que permite aprehender las cualidades indispensables para triunfar.

Lamentablemente para Cuba esto no ha sido posible, déficit de partidos con los mejores exponentes del planeta, carencia material y técnica en la base y emigración del mejor talento disponible conforman un sendero lleno de espinas que calan hondo en el corazón de quienes aman el voleibol.

En ese ser, o no ser, se debate este deporte. Cambiar todo lo que debe ser cambiado, sin renunciar a los principios, pero afincados en los lineamientos de la política, económica y social llevar aires frescos.

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