FELIPE PICHARDO MOYA: UN POETA DEL CAMAGUEY


Educador, científico, poeta, todo eso y mucho más se aúno en cuerpo y alma en el camagüeyano Felipe Pichardo Moya, quien a su paso por la existencia dejó estela de luz en la vida cubana de su época.

Su llegada al mundo ocurrió el 18 de octubre de 1892, hace exactamente 120 años en esta comarca de pastores y sombreros como la definió otro coterráneo suyo, Nicolás Guillén.

Procedente de una familia donde la actividad pública era práctica habitual, donde la abogacía, el periodismo, la literatura, la docencia, y la investigación histórica formaban parte de ese ejercicio cotidiano.

Felipe Pichardo Moya.

A Felipe Pichardo Moya se le podía ver lo mismo entre legajos de tiempos pasados, que en cuevas, o sitios donde estaba presente la huella de los orígenes de la isla, o plasmando sobre el papel la inspiración llegada desde las vivencias.

Aunque visitó otros lugares de la literatura, fue la poesía su vocación más cercana, versos que escribiría a lo largo de su vida, vinculándose a distintas tendencias de su tiempo, como expresará Luis Suardiaz en la antología que le dedicará a su obra, “… modernista, postmodernista, enamorado eterno de la mujer, conservador y amante de tradiciones, religioso y descrecido, sociable, extrovertido, lúcido humorista, y a la vez solitario intimista, un tanto aristocrático, todo eso puede decirse de Felipe Pichardo…”.

También fue en cierta medida precursor de la corriente que en la poesía se ocupo del negro discriminado, mientras que desde joven rompía con formas estéticas y prefiguraba lo que décadas después alcanzaría otros vuelos.

Un ejemplo de ello es el soneto “La Amiga muerta” publicado aproximadamente en el primer decenio del Siglo XX.

Aquí, bajo esta losa está su cuerpo, Breve..
Fue su vida, a manera de una vida de rosa,
Murió tranquilamente una nube lluviosa:
Veinte y ocho de Agosto del novecientos nueve.

Me acuerdo de ella cuando constantemente llueve
y de su última noche, tan larga y angustiosa:
Una fiebre su sube… Un sudor… Una cosa…
El cura… ¡Y una vida que deshoja leve!

Así murió, a mediados de una larga semana,
Y la enterramos un viernes por la mañana.
Aún llovía. Era un húmedo tiempo de luna nueva.

Dijimos todos: “Nunca, nunca la olvidaremos,
Tan buena como era”… Y para que hoy pensemos
En su vida y su muerte, es preciso que llueva.

Aquellos versos llegaron a conmover a figuras importantes de las letras hispanas como el caso de Federico de Onís Sánchez, escritor y profesor de literatura española en la Universidad de Columbia en Nueva York, quien la catalogaba, “como gran poesía de lo cotidiano”.

Felipe Pichardo de regreso a su ciudad natal, tras una larga estancia en La Habana, impartió clases, escribió obras teatrales, dicto conferencias y trabajo incansablemente en la cultura de su país en aquel lugar donde el señalará: “…todo es igual y todo pasa como si hubiese pasado en otra época que a lo lejos se viese”.

Fruto de sus experiencias capitalinas, de sus investigaciones y la percepción de lo que acontecía en la nación escribe: “El poema de los cañaverales”.

“Máquinas. Trapiche que vienen del Norte.
Los nombres antiguos sepulta el olvido.
Rubios ingenieros de atlético porte
Y raras palabras dañando el oído…
El fiero machete que brilló en la guerra.
En farsas políticas su acero corroe,
Y en tanto, acechándola inexperta tierra
Afila sus garras de acero Monroe.

A su manera él alertó sobre los peligros de la temible anexión, el dominio imperial. La última etapa de su vida estará entregada al campo de la ciencia, la arqueología es su afán de investigador, aunque de vez en cuando y de cuando en vez deja escritos algunas líneas que recuerdan al hombre que sin trascender como un poeta puro entregó páginas de un valor inestimable que prestigian al Camagüey como ciudad de los poetas.

Fuente: “La Ciudad de los Espejos, Antología poética” Felipe Pichardo Moya. Editorial Ácana,   selección a cargo de Luis Suardiaz

 

 

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