AGRAMONTE: UN SERVICIO EXTRAORDINARIO


EL 26 de noviembre de 1868, en el lugar conocido por El Paradero de las Minas, los patriotas camagüeyanos alzados en armas se reunieron para definir el futuro de la Revolución en estas tierras.

Alrededor de 300 personas se congregaron en horas de la noche para discutir dos posiciones encontradas de un lado los que como Napoleón Arango defendían la idea de deponer las armas y del otro los que deseaban proseguir la lucha por la independencia.

En este último bando estaban hombres como Salvador Cisneros Betancourt, “Marqués de Santa Lucía” e Ignacio Agramonte, fue este el protagonista principal quien daría la continuidad al alzamiento  del 10 de octubre de aquel año.

En algunos sectores había desaliento, lo cual fue aprovechado por quienes deseaban aceptar las propuestas de la metrópoli con el propósito de decapitar el movimiento en la región.

El Marqués en sus palabras insistió en que no debía dejarse abandonados a los patriotas orientales, que no cabía entre Cuba y España transacción posible, y que el ni sus compañeros cederían mientras la metrópoli dominara a la Isla.

Así ante la evidente actitud capitulacionista y traidora de Arango y otros se irguió la actitud de quien con el tiempo sería conocido como El Mayor al exclamar: “¡Acaben de una vez los cabildeos, las torpes dilaciones, las demandas que humillan: Cuba no tiene más camino que conquistar su redención arrancándosela a España por la fuerza de las armas!”.

El Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz al pronunciar el discurso en la conmemoración por el centenario de la caída de Ignacio agramonte diría que ese sería el primer servicio extraordinario que prestó a la Revolución.

Con ese enérgico gesto el ala radical de la Junta logra hacer prevalecer sus criterios y arrastrar a los hombres a la lucha, con lo cual se consolida el alzamiento en Camagüey.

Sin aquella actitud valiente y decidida de Agramonte las consecuencias hubieran sido fatales para la continuidad de la lucha porque todo el poderío militar de España se concentraría en la región oriental del país y difícilmente Céspedes y sus compañeros habrían podido contener esa fuerza terrible, mientras que por otra parte la llama de la independencia no habría ardido en el centro de la Isla.

Las fuerzas influidas por lo que la noche anterior se había discutido en el Paradero de las Minas decidieron atacar una columna española integrada por unos 800 soldados de infantería caballería y artillería  la cual  partió desde el Camagüey con destino a Nuevitas al mando del Conde de Balmaseda, quienes fueron embocados por 150 hombres al mando de Augusto Arango y Quesada en el lugar conocido por Bonilla, muy cercano al poblado de Las Minas.

Acerca de la acción, Salvador Cisneros Betancourt escribió: “La acción comenzó a las diez y media de la mañana, mis fuerzas, las de Arístides Arango, Esteban Duque Estrada y Ángel Castillo… comenzaron a disparar contra el enemigo, hasta agotar el escaso parque que llevábamos y lo que nos obligó a retirarnos ordenadamente de las líneas de fuego detrás el enemigo dejaba en  el campo, más de 70 cadáveres insepultos y alrededor de 40 heridos.

Entre los que ocuparon un lugar destacado en el combate estuvo el joven Ignacio Agramonte, a su paso por el norte de la provincia Balmaceda conoció del arrojo de los patriotas camagüeyanos que en inferioridad de hombres y armamentos le tendió numerosas emboscadas provocándoles numerosas bajas.

Bonilla, constituyó en el primer gran bautismo de fuego de las tropas del Camagüey quienes reafirmaron con las armas en las manos la decisión de continuar la lucha hasta la total independencia, proclamada solo hacia unas horas antes por El Mayor en el paradero de Las Minas.

A 143 años de aquel hecho histórico, aquellas palabras son las mismas que retumban en aquella frase dicha por el “Con la vergüenza de los cubanos”, o en la Protesta de Baragua y la lucha de más de medio siglo contra el Imperio yanqui.

 

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