A 30 AÑOS DE UN CONGRESO ¿HISTORICO?


Se cumplen este 28 de septiembre, 30 años de la celebración del XI Congreso Olímpico efectuado en la ciudad alemana de Baden-Baden, un hecho que cambió el mundo del deporte en un giro abismal y que terminó con lo que quedaba de las ideas precursora del francés Pierre de Freddi, Barón de Coubertein, restaurador del movimiento deportivo fundado en el conclave que tuvo lugar en la universidad de La Sorbona, París en junio de 1894.

Pierre de Freddi

Desde los inicios Coubertein se opuso a la inserción del  profesionalismo dentro de la fiesta estival,  ideas  bien definidas en la Carta Olímpica que por más de medio siglo sirvió para la reglamentación de las competencias, ellas fueron validas para despojar en su momento a Jim Thorpe de las medallas alcanzada debido, no al hecho haber ganado algunos dólares como pelotero, sino  más que todo al color rojizo de su piel, fruto de su ascendencia india en los Estados Unidos.

Para muchos el congreso de Baden-Baden fue una revolución, un  cambio de época, y el hecho de que la estatua  del Barón de Courbetein estuviera en la entrada del salón de conferencias, motivo a que algunos periodistas ironizaran la situación diciendo que “él no había querido entrar al encuentro”.  Y probablemente si hubiera estado vivo el francés no habría estado contento con lo que estaba ocurriendo en aquel lugar

En el documento final aparecían las palabras: “El COI debe ser el jefe del deporte mundial”, con lo cual comenzó una nueva era, resultaba cierto que en todo ese largo periodo desde 1894 hasta 1981 mucho se había hecho por liberar al movimiento olímpico de todo tipo de discriminación, y se daba a partir de entonces un papel más activo a los atletas, para que dieran opiniones y formarán parte de las grandes decisiones del COI, pero también el abrazo a la comercialización más despiadada, donde ha existido de todo, desde la venta de la sede de los Juegos al mejor postor, hasta los propios atributos del olimpismo.

Llegaría el dinero en cifras millonarias a engrosar las arcas del máximo organismo internacional deportivo lo cual quedaba reflejada en declaraciones de Monique Berlioux, a la sazón directora general del Comité Olímpico Internacional quien sintetizó los tiempos de cambios: “Quizás se me colgará cuando diga que nuestro saldo bancario es de diez millones de dólares, ya no tenemos que vivir del dinero prestado”.

A partir de entonces, los miembros del COI ya no tuvieron que pagar cuotas anuales, sus gastos fueron reembolsados y fueron tratados con sumas atenciones en un mundo olímpico cada vez más materialista.

Tres décadas después, Jacke Rogge, actual timonel del organismo, manifestó orgulloso  que la empresa de los anillos había incrementado su capital  en varios cientos de millones de dólares.

Pero, igualmente llegaron los escándalos de corrupción que como los del otorgamiento de la sede de la olimpíada de invierno a la ciudad de Salt Lake City, Estados Unidos, que involucró a varios de los integrantesde la organización deportiva, quienes recibierondadivas de todo tipo a cambio de los votos para seleccionar esa urbe.

Y en todo ese entramado estuvo presente la figura del catalán Juan Antonio Samaranch, elegido presidente del COI en 1980 en Moscú con el apoyo del  entonces campo socialista para suceder en el poder al irlandés Michael Killanin. Bajo su mandato se produjeron los cambios  antes mencionados, así como la sucesión de boicots como sucedió en Los Ángeles, 1984  y Seúl, 1988, se incrementó la venta de la imagen olímpica a escala global y las influencias que ejerció para que Barcelona fuera el escenario de la cita universal de 1992, aún no está esclarecida del todo.

Detrás de la santificación al profesionalismo llegó la cruzada de las distintas federaciones que comenzaron el cambio de sus estatutos, empezó a desaparecer el nombre Amateur en no pocos de ellas y el profesionalismo  y la comercialización se adueñaron del escenario deportivo global.

A tres décadas de aquel Congreso Olímpico el saldo económico es favorable para ese organismo, pero las secuelas éticas y morales sufridas son de incalculables consecuencias.

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